AGRIDULCE
(METÁFORA)


Como el mejor de los platos franceses. Como el beso y las lágrimas. La vida no ha tenido mejor idea que vestirse así para que la recorras en compañía de otras vidas de exquisitos paladares y refinadas penurias. El beso dulce de la comprensión, la fría lágrima de la carencia.

Presentada en fina porcelana oriental por un chef que no conocemos en persona. Decorada artesanalmente por las manos de la cultura y las tradiciones y condimentada al azar, por alguna que otra circunstancia. Tenemos hambre. Siempre nos quedamos con hambre. Agridulce.

Porque comencé a devorarla con las manos dejando caer nutrientes al abismo, he aprendido a recoger las migas de otros y a pasarle el pan de la adaptación al fondo de los platos. Aún así he podido compartir mi camino y mitigar hambres ajenos. Dicen que el postre mata los sabores anteriores. Yo diría que es la caricia de la despedida.


Ahora tengo cubiertos de oro. No recuerdo si porque los compré en cuotas o porque los construí a lo largo de estos cincuenta años, fundiendo los sabores del miedo, la voluntad y las ganas. Mi servilleta de seda bordada, recoge sutilmente las penas que me manchan el alma. Ya no hago ruido al comer y también aprendí a hacerlo con la boca cerrada. No necesito velas en mi mesa, apenas algunos comensales. Solo cuando alguien me observa detrás de los vidrios de este mundo famélico, me incorporo para mostrarle la puerta de entrada. Y no para que se alimente de mi vida, sino para que aprenda a cocinar su propio destino. En la alacena de la sabiduría aún hay espacios vacíos y con el almacenero, por suerte, hace tiempo que saldé mi deuda.
Agridulce. Hoy se me fue la mano en la sal. No importa, por ahí mañana me sucede lo mismo con el azúcar...
Brindo con la lágrima burbujeante de la risa y me emborracho con el abrazo reconfortante de un amigo. La mesa siempre está servida.

RITA M. CHIO ISOIRD