Romance de una fatal ocasión

Por aquellos prados verdes, qué galana va la niña;
con su andar siega la yerba, con los zapatos la trilla,
con el vuelo de la falda a ambos lados la tendía.
El rocío de los campos la daba por la rodilla;
arregazó su brial, descubrió blanca camisa;
maldiciendo del rocío y su gran descortesía,
miraba a un lado y a otro por ver si a1guien la veía.
Bien la vía el caballero que tanto la pretendía;
mucho andaba el de a caballo, mucho más que anda la niña:
allá se la fue a alcanzar al pie de una verde oliva,
¡amargo que lleva el fruto, amargo para la linda!
—¿Adónde por estos prados camina sola mi vida?
—No me puedo detener, que voy a la santa ermita.
—Tiempo es de hablarte, la blanca, escúchesme aquí, la linda.
Abrazóla por sentarla al pie de la verde oliva;
dieron vuelta sobre vuelta, derribarla no podía.
Entre las vueltas que daban la niña el puñal le quita,
metiéraselo en el pecho, a la espalda le salía.
Entre el hervor de la sangre el caballero decía:
—Perdime por tu hermosura; perdóname, blanca niña.
No te alabes en tu tierra ni te alabes en la mía
que mataste un caballero con las armas que traía.
—No alabarme, caballero, decirlo, bien me sería;
donde no encontrase gentes a las aves lo diría.
Mas con mis ojos morenos, ¡Dios, cuánto te lloraría!
Puso el muerto en el caballo, camina la sierra arriba;
encontró al santo ermitaño a la puerta de la ermita:
—Entiérrame este cadáver por Dios y Santa María.
—Si lo trajeras con honra tú enterrarlo aquí podrías.
—Yo con honra sí lo traigo, con honra y sin alegría.
Con el su puñal dorado la sepultura le hacía;
con las sus manos tan blancas de tierra el cuerpo cubría,
con lágrimas de sus ojos le echaba el agua bendita.

La mayoría de las versiones [de este romance], dice Menéndez Pidal, contienen sólo el conocido tema de la vengadora de su honra; las que yo sigo lo complican y le dan más valor trágico, haciendo coexistir en la doncella el pudor homicida y la tierna compasión por el caballero amante [62].